03 abril 2015

Viernes Santo: Jesús muere en la cruz

 Jesús grita y ora

"Jesús grita con todas sus fuerzas en medio de la noche y la soledad. Grita y nadie viene en su ayuda. Grita y los oídos están sordos, nadie lo socorre, nadie le tiende una mano. Grita y hace de su dolor llamada al Dios de su vida, súplica angustiada a su Padre. Jesús no se queda en su dolor, lo hace oración. Jesús ora en situación límite, ora sus momentos históricos, ora la vida hundida, sepultada, derrotada. Jesús no se queda con su barro, sino que lo pone en las manos del Padre.

Jesús ora su dolor. Pone en las manos del Padre su límite, su debilidad, su camino sin salida. Y confía en el Padre. Y se abandona en su amor. Y se entrega a su poder. Y se abre a su misericordia. Jesús, en la fe pura, suplica, adora, ama, alaba, agradece. La oración ha dado respuesta a su dolor. Y su corazón, ahora, goza en la paz interior.

Jesús muere orando. Como hombre de fe profunda, Jesús, sin ver nada, sin sentir nada, sin apoyos, totalmente desnudo y solo, muere orando: "Padre, en tus manos entrega mi vida". Su oración hecha un gran grito resonó en toda la humanidad, en toda la Creación. Su momento último se hizo grito escuchado sobre todo en el corazón del Padre". (1).

Jesús muere en la cruz por amor

Jesús acoge en la cruz a todos los crucificados del mundo. Su vida, camino de entrega y servicio, culmina abrazando a la humanidad sufriente. Desde que Jesús es crucificado todos los hombres y mujeres que padecen encuentran en Jesús su descanso y alivio.

Es el amor más grande, el que da la vida por sus amigos. En el Gólgota, encontramos el ejemplo más impresionante de todos los tiempos, encontramos el camino a seguir, la culminación de una vida para los demás.

(1). E. L. Mazariegos, Seducido por el Crucificado, Centro Vocacional La Salle, Valladolid, 1992, 2-34.
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