02 abril 2015

Jueves Santo: eucaristía y servicio.


 
 
Se quita el manto y toma la toalla

"En la tarde del Jueves Santo, "Jesús quiere expresar con este gesto que no puede haber ningún tipo de verticalidad entre ellos; él es considerado y respetado por los suyos como Maestro y Señor, ha demostrado su autoridad de sobra y una autoridad que no era como la de los escribas y fariseos, pues el único magisterio y señorío que cabe en el ámbito del Dios de la Vida es el servicio. Jesús, el Maestro, celebra la cena sirviendo.

Pedro el que ha vivido codo a codo con Jesús no soporta el abajamiento del Maestro, no soporta tenerlo a sus pies: si se deja servir ya no le queda otra cosa que hacer sino lo mismo; si se deja servir pierde su estatus. Pedro necesita a su señor arriba para poder ser señor de otros, si se deja servir, toda la verticalidad en la que está construida la estructura de este mundo se derriba.

Jesús les está diciendo con este gesto que no hace falta oprimir al de abajo ni adular al de arriba para sentirse alguien; les está queriendo decir que si todos se convierten en servidores se reencontrarán en horizontal y en la fraternidad. Los discípulos, y Pedro a la cabeza, no entienden; da la impresión de que es demasiado lo que están viviendo y no lo pueden o no lo quieren entender. Jesús vincula el pan compartido y la copa brindada, así como la toalla, a su propia vida que va a ser entregada, todo su vivir es un desvivirse. Desde que el Padre lo arraigó en su seno, toda la vida de Jesús ha sido una vida a favor de otro". (1)


Jesús nos dejó como dos sacramentos de su existencia

Este pobre de Yahvé, que es el pobre más grande de toda la historia del Pueblo de Dios, manifiesta un amor preferencial a los pobres y a los oprimidos. Tanto que les concederá un título especial: ser sus representantes, sus delegados, sus presencias en la calle y en el mundo. Podríamos decir que Jesús nos dejó como dos sacramentos de su presencia: uno, sacramental, al interior de la comunidad: la eucaristía; y el otro existencial, en el barrio y en el pueblo, en la chabola del suburbio, en los marginados, en los enfermos de sida, en los ancianos abandonados, en los hambrientos, en los drogadictos... Allí está Jesús con una presencia dramática y urgente, llamándonos desde lejos para que nos aproximemos, nos hagamos prójimos del Señor, para hacernos la gracia inapreciable de ayudarnos cuando nosotros le ayudamos. Más de una vez Jesús ha manifestado su presencia a los santos cuando éstos ayudaban a un pobre. Si el Señor hubiera venido en su vida mortal a pedirnos ayuda, habríamos corrido a darle de todo corazón todo lo que nos pidiera. Ahora lo hace cada día en todos aquéllos -¡y son tantos!- que nos necesita urgente y gravemente. (2)

(1) F. J. Sáez de Maturana, Jesús. Volver a los comienzos, Edibesa, Madrid, 2014. 893-894.
(2) Comisión Episcopal de Pastoral Social, La Iglesia y los pobres, Edice, Madrid, 1994, n. 22
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